Caminar y pensar

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Continuando con las recomendaciones para llevar una vida más relajada y reflexiva hoy vamos a tratar, haciendo además honor al título del blog, el tema del caminar.

En la anterior pincelada hablábamos sobre el origen de las ideas, un origen que podemos encontrar en casi todas partes, fuera de nosotros; fuera, sí, porque de dentro no surge nada, salvo el producto de poner en relación unas ideas con otras, que no es poco. En esta pincelada vamos a tratar de cómo favorecer esa puesta en relación.

Pensar filosóficamente consta de dos momentos claves: el momento creativo y el momento reflexivo. En el primero es cuando surge la idea, que puede proceder de fuera (descubrimiento) o de la puesta en relación de ideas que veníamos rumiando más atrás (creación, propiamente dicha). En el segundo, el momento reflexivo, es cuando la nueva idea se estudia, sopesa, se pone en relación con otras muchas; este momento exige un trabajo más sistemático y, casi siempre, por escrito. Ya trataremos más adelante el tema de la escritura, baste decir por ahora que escribiendo, y leyendo lo anteriormente escrito por nosotros mismos, evitaremos caer en las contradicciones lógicas (primera norma del pensamiento filosófico).

Caminar es una actividad que favorece el primer momento, el creativo: favorece la asociación de ideas, la puesta en relación de unas ideas con otras. Este proceso no es puramente lógico (por eso es necesario después el momento reflexivo) y por ello necesita de actividades variadas en las que la atención cambie el foco de vez en cuando. Pocas veces se nos ocurren ideas geniales cuando nos sentamos a pensar. Estas ideas siempre llegan en los momentos más inesperados (conduciendo, caminando por la calle, corriendo por el parque, haciendo la comida…), cuando estamos realizando ciertas actividades que, aunque nos permiten ir pensando, exigen cierta atención en la propia actividad; no en vano el “ir ensimismados” es un poco peligroso pues podemos tropezar, etc.

Caminar por la calle ofrece un sin fin de estímulos al pensamiento, varios por cada persona que se nos cruza. Caminar por el campo es algo más relajado para la vista y el oído y, en este sentido, favorece algo más la actividad de pensar, de poner en relación cosas que hemos visto, oído, leído, mientras estábamos en la ciudad.

Si leemos Pasear, de Thoreau, observaremos en él una actitud bastante mística y romántica: pasear lo más lejos posible de la civilización, sin pensar en cosas de la civilización, sino dejándose imbuir por el espíritu de la naturaleza, de lo salvaje. Es una posibilidad, a veces necesaria, terapéutica. Pero no será esto lo que nosotros recomendemos. No es necesario tanto romanticismo para caminar por el medio natural (incluso rural) y poder percibir nuestro enraizamiento en la naturaleza; es más, basta con salirnos un poco de los caminos más transitados para sentir nuestra pequeñez y fragilidad dentro del bosque o ante la montaña. Esta sensación, por ejemplo, debería bastar para hacernos recapacitar no sólo sobre la pequeñez frente a la naturaleza, sino frente a todo tipo de relación social: ¿somos pequeños y débiles frente a los demás? No siempre, ¿cuándo lo somos, o nos creemos que lo somos? ¿Cuándo somos (o nos sentimos) pequeños frente a la naturaleza? Preguntas como estas pueden surgirnos cuando caminamos por el campo… Y de las respuestas que nos demos dependerán nuestras actitudes.

No obstante, tampoco es necesario ir por el campo haciéndose preguntas como las anteriores, que rozan la metafísica. Podemos ir pensando en cuestiones más prácticas como, por ejemplo, la educación de nuestros hijos: ¿cuándo hay que darle los caprichos al niño? (dado que estaremos de acuerdo en lo perjudicial de dárselos siempre y en lo de no dárselos nunca). Y para contestar a esto no nos basta con acudir a la psicopedagogía, porque escuelas psicopedagógicas hay a montones, para todos los gustos y, evidentemente, enfrentadas entre ellas. En fin, que por pensar, se puede ir pensando en cualquier cosa.

Lo que sí es bueno es hacerlo habitualmente, primero por el hecho de pensar, pero también por el mero caminar en sí, por el ejercicio físico. Pero este tema lo dejaremos para la próxima pincelada, que si no esto va a parecer un cuadro entero.