Relaciones sociales

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“La felicidad sólo es real cuando se comparte” (Christopher McCandless, protagonista en la vida real de “Hacia rutas salvajes”).

El propósito de este blog, como ya indicamos, era dar una serie de pinceladas básicas sobre cómo intentar ser un poco más felices. Hemos hablado de cómo cultivar el autocontrol, la paciencia, de los beneficios psicológicos del deporte;  alguna referencia hemos hecho de pasada a la autorrealización de uno mismo, etc. Todos estos aspectos son importantes para alcanzar la felicidad o, como trataremos más adelante, lograr pequeños atisbos de la misma, sin embargo, si hay un aspecto imprescindible para ello es el de mantener un núcleo mínimo de relaciones sociales satisfactorias, relaciones con personas con las cuales compartir los mejores momentos (que quizá sean los mejores precisamente por estar con esas personas) y los peores.

Uno no puede ser tan autosuficiente como para prescindir de los demás, pues su contacto nos proporciona calor, seguridad, y para darse cuenta de esto no hace falta marcharse a Alaska como el autor de la cita; ya nos decía Nietzsche que para vivir en soledad hacía falta ser un animal o un dios. Se puede vivir perfectamente en soledad dentro de la ciudad; no nos moriremos de hambre, ni de una intoxicación, como Christopher McCandless, pero podremos ser muy infelices si no mantenemos un pequeño núcleo de amistades o familiares que nos den esa seguridad. La seguridad que nos proporcionan los otros nos brinda una posible segunda parte de la cita inicial: “… Y la infelicidad es menor cuando también se comparte”. Estamos hablando pues, no sólo de seguridad física, que también, sino de seguridad emocional. En el libro La inteligencia emocional, su autor, Daniel Goleman, también habla de la necesidad de relacionarse con otros: “contar con personas en quienes confiar y con las que poder hablar, personas que puedan ofrecernos consuelo, ayuda y consejo, nos protege del impacto letal de los traumas y los contratiempos de la vida”.

Se nos dirá por ahí que este tipo de relaciones sociales suponen auténticos compromisos, y quien diga esto llevará razón, aunque lo diga criticándonos. Estas relaciones suelen ser, o deberían ser, recíprocas: si alguien nos proporciona cariño, amor, consuelo, nosotros estamos obligados a devolvérselo; la mayoría de las veces esta “devolución” la haremos de buen grado, pero aunque así no fuera, nuestro deber es proporcionarlo, pues tácitamente hemos aceptado el compromiso al recibirlo previamente. En la película “Hacia rutas salvajes” se da una constante lucha entre la libertad y la seguridad (esa seguridad que ofrece la familia y los amigos). Parecería como si ambos conceptos fuesen complementarios y contrapuestos, de modo que cuanta más libertad, menos seguridad y viceversa. Los compromisos suponen ataduras, por supuesto; coartan nuestra libertad (para hacer lo que nos dé la gana en un momento determinado, es decir, cuando la otra persona nos necesita). Pero tampoco es menos cierto que somos perfectamente libres, en nuestra sociedad actual, para mantener esos compromisos o para romperlos. Sin embargo somos más libres cuanto más tiempo mantenemos en nuestra vida una línea de acción “contra viento y marea” (es decir, contra caprichos pasajeros, por ejemplo). Pero el tema de la libertad también habremos de dejarlo para otro momento.

Por lo pronto dejemos clara la idea de hoy: cultivemos las relaciones con nuestros familiares y amigos, pero no sólo porque sean ellos el único asidero al que poder agarrarnos en caso de zozobra, sino porque experimentar las cosas de modo compartido es mucho más gratificante. Podemos subir solos a un monte, nosotros que tanto nos gusta andar, y nos sentiremos muy bien, felices incluso; pero si vamos con un amigo el bienestar y la felicidad se potencian, pues fluye la comunicación, se comentan las cosas, se recuerdan anécdotas…

Ya lo dijo Dios: “no es bueno que el hombre esté solo” (luego cada cual que lo interprete a su modo).