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“La felicidad no existe en la vida. Sólo existen momentos felices”
(Jacinto Benavente).

Nos planteábamos en la presentación de este blog dar una serie de pinceladas para, entre otras cosas, lograr ser un poco más felices; un plantamiento quizá demasiado pretencioso. O no, porque puede que alcanzar la felicidad dependa de lo que por ella entendamos.

Desde muy antiguo, desde los primeros filósofos, el tema de la felicidad ha sido una de las principales preocupaciones intelectuales: ¿Qué es la felicidad? ¿Qué se necesita para ser feliz? Aunque bien es cierto que resultan un tanto corporativistas en la medida en que consideran que sólo el sabio puede ser feliz: Tales de Mileto decía que sabio es «quien tiene un cuerpo sano, fortuna y un alma bien educada», y en esta línea también se sitúa Aristóteles, según el cual las personas felices deben poseer las tres especies de bienes, especies que se pueden distinguir según sean bienes externos, del cuerpo y del alma, aunque tanto Aristóteles como otros muchos se apresuran a matizar la función de los bienes externos (materiales) en la consecución de la felicidad: estos bienes han de servir como medios para conseguir los otros bienes, los del cuerpo y los del alma, nunca como fines, pues entonces caeríamos en la esclavitud materialista.

Otros filósofos, como Aristipo y Epicuro, vincularon la felicidad a los placeres, placeres que no se entendían como se entienden hoy día (fogosidad y desmesura), sino algo más moderado y entre los que se incluyen los placeres intelectuales (buenas lecturas, buenas conversaciones, etc).

Kant

Sin embargo, en el siglo XVIII vino Kant a estropear la fiesta declarando que la felicidad, si bien constituye una idea práctica por la que guiarse en este mundo, es inalcanzable en la realidad, pues las inclinaciones, necesidades y deseos del hombre no se detienen en la satisfacción, cosa que, por otro lado, ya sabían desde antiguo los místicos y los filósofos orientales, cuyos esfuerzos se dirigían hacia la contemplación espiritual intentando eliminar las cadenas del deseo.

Sin necesidad de llegar a tanto y considerando los placeres en un nivel adecuado de moderación creemos por nuestra parte (siguiendo a Kant) que la felicidad no es un estado definitivo y total al que se pueda acceder, sino que más bien se trataría de un proceso, una serie de momentos felices (como dice Benavente) probablemente interrumpida por momentos neutros y momentos desdichados. Como mucho podría decirse que alguien ha tenido una vida feliz si los momentos felices superan a los desdichados y son una buena proporción respecto de los momentos neutros.

Ahora bien, supuestamente entendido a grandes rasgos lo que es la felicidad, quedaría por ver cuáles son aquellos bienes o placeres del cuerpo y del alma que nos proporcionarían esos momentos felices. A nuestro juicio creemos que es Bertrand Russell, en La conquista de la felicidad, el que mejor y más sencillamente ha establecido el sistema de placeres que proporcionan momentos felices:

  1. La familia y los amigos: las relaciones sociales afectivas, dar y recibir cariño, como ya dijimos en la pincelada anterior, son de las actividades que más felicidad nos proporcionan.
  2. El trabajo: proporciona la satisfacción o el placer de ejercer una habilidad e incluso de levantar una construcción, un objeto exterior que será utilizado por otros.
  3. Las aficiones o intereses no personales: cuanto mayor sea el número de asuntos por los que nos interesemos, mejor, pues de este modo evitaremos tanto el tedio como la insatisfacción que sobreviene tras habernos quedado saciados en alguna de las facetas (el “y ahora, qué”). Cuantas más cosas nos gusten, más disfrutaremos.
  4. (Añadiríamos nosotros, siguiendo la teoría del espacio antropológico de Gustavo Bueno, a las mascotas y los dioses: los animales domésticos nos proporcionan verdaderos momentos de felicidad cuando juegan con nosotros o se muestran agradecidos por nuestros cuidados; para el creyente el [supuesto] contacto con Dios, si no se trata de un dios cruel o vengativo, también proporciona momentos de felicidad, cuando no de auténtico éxtasis).
  1. Sin embargo no basta con enfrentarse a estos objetos, personas o actividades de cualquier modo; para proporcionarnos felicidad hemos de enfrentarnos a ellas con una cierta actitud: con entusiasmo.
  2. Otra actitud necesaria para enfrentarse a la vida es el justo medio entre esfuerzo y resignación: esfuerzo para lograr aquello que queremos (ya sea la admiración de los otros, el cariño de alguien, la habilidad necesaria para un trabajo o el conocimiento propio de una determinada afición) y la resignación necesaria para soportar nuestros fracasos a pesar del esfuerzo invertido; resignación también para afrontar los reveses de la vida y esfuerzo para salir a flote de ellos.

Cierto es que muchos trabajos no resultan gratificantes en sí mismos o en sus condiciones y que a veces la familia es una fuente de discusiones y disgustos: resignación para soportarlo mientras nos esforzamos por cambiarlo.

La obra mencionada de Russell está dividida en dos partes, una orientada a la consecución de la felicidad y otra a la eliminación de la infelicidad, la cual procede sobre todo del egocentrismo del hombre, centrado en sí mismo y en sus pasiones. No en vano suele considerarse a los místicos (caracterizados por la superación de su ego y el olvido de sí mismos) entre las personas más felices del mundo. El interés por los otros y por las cosas tiene la virtud, precisamente, de sacarnos de nosotros mismos, al menos durante un rato.

Una idea en “Felicidad”

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