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“Veo todo en blanco y negro […] las mismas caras, los mismos gestos…” (Barricada, En blanco y negro).

El grupo de rock Barricada comienza esta canción con una de las actitudes más negativas y perversas que podemos adoptar en nuestra vida diaria: el maniqueísmo moral (las personas son o buenas o malas) o el dualismo en general (las cosas y personas son o bellas o feas, los discursos y frases son verdaderos o falsos, estás conmigo o contra mí, etc…)

El dualismo consiste en considerar que las cosas sólo pueden tener dos estados (correspondientes a los principios supremos que rigen el universo; pero de momento esto no nos interesa porque nos adentraríamos en el plano de la metafísica y dejaríamos el de la filosofía práctica). Esta consideración no toma en cuenta, al menos, un par de aspectos bastante obvios:
1.- que la mayoría de las cosas pueden tener varios estados (más o menos objetivos), estados que pueden situarse en una escala de valoración (ésta, sí, subjetiva), y
2.- que dichos estados no suelen darse al mismo tiempo, sino uno tras otro, es decir: las cosas y las personas cambian, se transforman.

De este modo podemos decir que del blanco al negro hay una infinita gama de grises, igual que de lo bello a lo feo o de lo bueno a lo malo: entre dos acciones moralmente evaluables siempre es posible establecer cuál de ellas es mejor que la otra; esto no significa que una sea buena y otra mala, pueden ser las dos malas (golpear a una persona o matarla), pero una es peor que la otra. Lo mismo ocurre con las personas, con la salvedad, además, de que éstas pueden cambiar y redimirse si se portaron mal, o empeorar si hasta entonces se portaron bien.

Como antes hemos dicho todo cambia, se transforma; tanto las cosas como las personas, pero especialmente estas últimas, porque las personas (sobre todo en el plano moral) NO SON; las personas SE COMPORTAN. Uno puede ser alto o bajo (aunque también esto sea relativo respecto a la media), pero no es bueno o malo, sino que se porta bien o mal o regular en distintos momentos a lo largo de su vida. En sentido laxo se dice que alguien es bueno o malo si el conjunto de sus comportamientos es bueno o malo, pero no se dice eso en función de una supuesta esencia. Como diría Sartre, en el hombre la existencia precede a la esencia, somos lo que hacemos, no viceversa.

Es más, las personas suelen cambiar de actitud según el contexto en el que se encuentren: así podemos portarnos mal con nuestros padres pero ser sumisos en el trabajo, entusiasmarnos con una tarea pero aburrirnos con otra, querer a nuestros hijos pero odiar al del vecino… Las personas no estamos hechas de una pieza, sino de un conjunto de ellas en el que, a veces, no encajan bien unas con otras.

Uno de los aspectos más importantes que caracterizan a la filosofía es el intento de analizar las cosas desde el máximo número de puntos de vista posibles (por ello se le considera un saber totalizador, que no total, pues para ser total habría de ser, además, definitivo, cosa que no puede ser, ya que el mundo está en constante devenir, en constante creación y destrucción; no el mundo entero, sino pequeñas partes de él). Tratar con las personas requiere observarlas desde el mayor número de aspectos posibles. Si así lo hacemos ya no nos parecerán blancas o negras, ni siquiera presentarán una gama de grises, sino que aparentarán ser auténticos caleidoscopios con múltiples colores que cambian constantemente ofreciéndonos un bello espectáculo (aunque haya momentos verdaderamente oscuros). Y por supuesto, entre esas personas estamos nosotros mismos.

“Las mismas caras, los mismos gestos” es una expresión nacida del desconocimiento y de la pereza por conocer. Ni siquiera necesitamos entablar conversación con una persona que vemos todos los días en el metro para captar los diferentes matices que presenta su rostro de un día a otro; basta observar, aunque para ello nosotros debamos estar despiertos. Y si una persona presenta estas diferencias, ¿acaso no las presentarán diferentes personas entre sí?

Incluso un acto aislado, una situación propia o ajena, que solemos valorar positiva o negativamente (blanco o negro), analizada desde distintos puntos de vista puede ofrecernos diferentes matices a tener en cuenta: unos positivos, otros negativos y otros neutros. Esto es importante a la hora, por ejemplo, de tomar decisiones ante situaciones complejas: debemos intentar analizar a fondo la situación, las posibles consecuencias de nuestras acciones, y escoger la opción que más aspectos positivos presente.

No creo que las cosas sean, como dice la cultura popular, “del color del cristal con el que se miran”, pues esta metáfora ocular nos parece también un poco fruto de la pereza: simplemente habría que cambiar las gafas. No. Las cosas presentan distintos colores en función de la perspectiva desde la que las observemos, para lo cual hemos de rodearlas, es decir, hacer un poco más de esfuerzo. El mundo es complejo y tratar con la complejidad requiere un cierto trabajo. Qué le vamos a hacer.