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Quien se conoce a sí mismo y comprende sus defectos le es más fácil perdonar aquellos que son ajenos.
(Pietro Metastasio)

¿Cuántas veces hemos sufrido las consecuencias de no perdonar a alguien o de no saber perdonarnos a nosotros mismos? En el primer caso habremos perdido una amistad, por ejemplo, en el segundo la oportunidad de llevar a cabo un proyecto; todo ello con el sufrimiento que nos acarrea. Analicemos el perdón a través de dos ejes: el social (yo-otros) y el material (yo-cosas), y en cada uno de ellos consideremos dos aspectos: ser sujeto y/o ser objeto de perdón.

I.- Pedir perdón a los otros (ser objetos de perdón)

Cuando hemos cometido un error para con otra persona y no ha habido intención de hacerla daño o, incluso habiendo intención, hay arrepentimiento. ¿Por qué no somos capaces de pedir perdón? ¿Acaso es que no sabemos? ¿O es que no queremos? ¿Será acaso que nos cuesta reconocer nuestros errores? Probablemente sea así; anclados como estamos a nuestro ego y cegados por él, pensamos que todo lo que hacemos lo hacemos bien o lo hacemos porque “nosotros lo valemos”, simplemente, sin pensar en los demás. Sólo cuando chocamos contra otro ego nos damos cuenta de nuestro error y ello cuando estamos acostumbrados a utilizar la cabeza antes que las manos o la boca. El choque con otra persona nos saca de nuestro ensimismamiento o egocentrismo porque nos afecta, es decir, de algún modo nos hiere porque nos ha devuelto un golpe (que a veces ni sabíamos que habíamos dado).
1.- Es entonces cuando comienza el primero de los pasos que puede llevar al perdón: el examen de conciencia. Eso que hemos dicho o hecho, o que nos dicen que hemos hecho, ¿está bien?, ¿está mal?, ¿ha sido intencionado? ¿lleva razón el otro? Nos hemos reído de otra persona y ésta se ha enfadado y nos lo recrimina; su enfado nos afecta y comenzamos (o deberíamos comenzar) a pensar en por qué nos hemos reído y por qué puede haberle sentado mal; si lleva razón al sentirse así, etc.
De todos modos, para estar más seguros de aquello que ha podido ocurrir, dado que no estamos dentro de la cabeza de las otras personas y a muchos nos cuesta empatizar con los otros, el mejor examen es entablar una conversación con el otro, simplemente para conocer las causas de su malestar con nosotros; después ya estudiaremos el asunto con más detenimiento, aunque por lo general en estos casos se nos exigirá una respuesta inmediata.
El mero hecho de pararse a pensar sobre esto ya supone un cierto talante propicio para el resto del proceso, un proceso semejante al de la confesión católica, cuya estructuración no es sino fruto del sentido común:
2.- Dolor de los pecados: el reconocimiento del error produce en nosotros una segunda emoción o afección que nos debería llevar a hacer algo para evitarla, nos debería llevar a reparar el error. Esa risa ha sido una risa inoportuna, hemos herido a otra persona y eso también nos duele. Y si no nos duele es que todavía no hemos salido de nuestro ego.
3.- Propósito de enmienda: ¿Cuántas veces no hemos hecho nada para enmendar nuestras faltas y el sentimiento de culpa reaparece cada vez que rememoramos el error? Es necesario corregirlo. ¿Qué podríamos hacer para que la persona dejase de sentirse herida? Pero, ¿y si a pesar del “dolor” no estuviéramos dispuestos a enmendarlo? ¿habríamos salido de nosotros mismos?
4.- Decir los pecados al confesor (aunque en este caso laico el confesor sea la persona ofendida o agredida), es decir, pedir perdón al otro. Quizá sea éste el paso más difícil, pero es necesario darlo, es necesario que la otra persona sepa que estamos arrepentidos para que nos pueda perdonar.
5.- Cumplir la penitencia, una penitencia que, seguramente, la otra persona no nos impondrá, sino que nos impondremos nosotros mismos y que las más de las veces no necesitará ir más allá de la sincera y efectiva enmienda que nos habíamos propuesto. Es decir, la enmienda real conlleva dos momentos: la restitución o retribución del daño causado (cosa que no siempre es posible) y la no repetición del daño, no volver a cometer un daño similar. En el caso de que sea posible, la restauración del daño no conlleva una gran dificultad para el arrepentido, pero otra cosa es poder evitar un nuevo daño, ya que los errores y los daños causados son producto de un tipo de comportamientos o actitudes que desplegamos por costumbre. Y es muy difícil modificar las costumbres, aunque no imposible, pues requiere de un alto grado de vigilancia interior y de voluntad exterior.
Quizá algunos piensen que este paralelismo con la confesión y el perdón católicos nos habilita para “pecar” continuamente contra el otro, pues el otro nos perdonará; pero aquí no hemos dicho nada de que exista un paralelismo con la infinita misericordia divina. Pedir perdón es rectificar y rectificar es de sabios… Pero no demasiadas veces.

Recapitulemos, entonces, las ideas que subyacen al concepto práctico (no teológico ni espiritualista) de perdón:

  • Una de las ideas que subyacen al concepto de perdón es que la esencia humana o el carácter humano son perfectibles, mejorables, que nadie es malo “por naturaleza” o para siempre, pero claro, eso hay que demostrarlo y la cantidad de oportunidades para ello no es ilimitada, pues ante todo prima, o debería primar, una necesidad práctica.
  • Otra de las ideas asociadas al perdón es la de “justicia retributiva” o reparación del daño causado que siempre debe ir antes de la transformación del causante del daño. A veces no será posible restaurar el daño y se exigirá por parte del damnificado (o se ofrecerá por parte del causante) una compensación proporcional al daño. Esto por lo que toca al plano de las relaciones personales entre causante y damnificado, que no incluye, aunque se ve afectado por, la justicia retributiva en el plano social, es decir, que si el daño es tal que constituye un delito debe intervenir la Justicia (con mayúsculas), la Ley. Lo que no se debe hacer, en ningún caso, es confundir la reparación del daño con la venganza que, aunque sea difícil de definir y de establecer los límites, podríamos decir que se trata de una respuesta desproporcionada por parte del damnificado o contra la ley.
  • Ahora bien, otra idea que subyace tanto a la idea de perdón como a la de justicia retributiva (en el plano de las relaciones personales) es la de arrepentimiento. El arrepentido busca reparar el daño y enmendarse para no volver a cometer un daño similar y ello porque el daño cometido le causa un dolor moral, un sentimiento de culpa. 

II.- Perdonar a los otros (ser sujetos de perdón)

El proceso anterior, sobre todo el primer movimiento, el examen (el conocimiento de los propios defectos) nos debería poner en disposición (como dice el poeta Metastasio) para perdonar los pecados y defectos de los demás, siempre teniendo en cuenta que no somos dioses y quizá no nos sea posible (a veces ni siquiera deseable) perdonarlo todo.
Ninguno de nosotros somos perfectos y, por lo tanto, deberíamos perdonar al menos todos aquellos fallos que nosotros mismos cometemos, pero para eso debemos conocer dichos fallos, debemos estudiarnos, disminuir la intensidad de la luz de nuestro ego, esa que nos ciega, para llegar a ver dentro.
Podemos incluso ir más allá y perdonar otras cosas, otros pecados que nosotros mismos no nos atreveríamos a cometer. Pero no nos engañemos, nuestro perdón no es infinito y a veces ni siquiera es bueno que al pecador se le perdonen sus pecados reiterados, porque la reiteración es signo de una incapacidad para enmendarse o de una falta de arrepentimiento (o de ambas cosas).

Perdonar no supone olvidar. “Perdono, pero no olvido” no es una sentencia contradictoria, es la concesión de una segunda oportunidad a la otra persona, incluso de una tercera o cuarta, pero no infinitamente. Porque perdonar permite eliminar el resentimiento contra el otro, el rencor, permite superar un sentimiento negativo de un hecho pasado y ello es necesario para alcanzar la felicidad, pero estar sufriendo continuamente los agravios del otro tampoco es el mejor camino para llegar hasta ella.

Por ello el perdón, en un plano práctico y no meramente subjetivista, requiere del sujeto y del objeto, del que otorga el perdón y del que lo pide (el arrepentido). Porque tal y como hemos visto, aunque en el plano subjetivo el perdón otorgado elimine el resentimiento, si se le otorga al causante no arrepentido, nada nos garantiza que no nos vuelva a causar daño. Y por lo tanto, ante la ausencia de arrepentimiento, nos es difícil distinguir entre venganza y prevención. Cierto es que en caso contrario lo único que nos lo garantiza es la palabra del arrepentido, pero es que el perdón es eso: dar una nueva oportunidad. Dependerá luego de cada uno establecer los límites de la reincidencia en la que es posible perdonar.

Y como tampoco queremos ser Cristo en la cruz diciendo aquello de “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”, queremos que los otros sepan del daño que nos han hecho, para lo cual hay que establecer un diálogo en el que se les diga que nos han herido, un diálogo que les dé la oportunidad de arrepentirse o de hacernos ver que no teníamos razones para sentirnos heridos. Sin embargo, al respecto y en el orden de la prudencia práctica también hay otra cuestión a considerar: el modo y el tiempo en el que se le hace saber al otro que le hemos perdonado; si se trata de un suceso que ocurrió “tiempo ha” quizá no sea prudente la comunicación del perdón; lo mejor es hacerlo cuanto antes; y por lo que toca al modo, hay que hacerlo de tal manera que la otra persona no sienta que nos creemos superiores por perdonarla; no hay que dar la impresión de un “ego te absolvo”. 

III.- Perdonarnos a nosotros mismos

Cuando el daño cometido por nuestro error es sólo contra nosotros mismos (un daño que siempre está mediado por cosas u objetos, no por personas) el sujeto y el objeto del perdón somos nosotros mismos. Nosotros mismos hemos de convertirnos en policías, jueces y jurados de nuestros actos, costumbres y actitudes. Nosotros somos al mismo tiempo pecadores y confesores.

Llevar a cabo un proyecto empresarial o personal (una carrera universitaria, por ejemplo), modificar una serie de comportamientos (dejar de fumar), enmendar errores anteriores, son procesos que requieren de mucha vigilancia y mucha fuerza de voluntad, y en su desarrollo puede ocurrir que demos tropiezos, que nos flaqueen las fuerzas, que nos equivoquemos. Pero todo ello no debe suponer un obstáculo contra nuestro avance, no debe desmoralizarnos:

Estamos dejando de fumar, pero la noche anterior se nos fue de la mano y nos fumamos diez cigarrillos. Hemos “pecado” contra nuestro propósito, contra nuestro yo. Nos sentimos culpables y pensamos que jamás lograremos dejar de fumar, así que “para hacer las cosas a medias, mejor hacerlas enteras”… Y nos bajamos al estanco. Error. Simplemente hemos flaqueado, hemos tropezado. Analicemos las causas: es que bebimos de más y nuestra fuerza de voluntad decayó. Muy bien, pues para la próxima bebamos de menos, es decir, enmendémonos
Los proyectos a largo plazo necesitan de una gran dosis de voluntad sostenida en el tiempo y, como ya dijimos en otra pincelada, hemos de perdonarnos los errores puntuales para no desfallecer en la empresa global; en el examen de conciencia y en el propósito de enmienda se encuentra además un elemento imprescindible: la inteligencia. La voluntad se hace cargo del fracaso para lanzarse de nuevo, no sólo con fuerzas, sino con inteligencia renovada, y así evitar caer más veces en ese tipo de errores.
De todos modos raras veces una empresa o proyecto de este tipo nos incumbe sólo a nosotros; suele haber más personas implicadas, personas que pueden verse afectadas por nuestros fallos, errores; personas que pueden verse ofendidas o agredidas por nuestras costumbres y actitudes, personas que trabajan o conviven con nosotros y cuya situación nos afecta. El daño, por lo tanto, no es sólo contra el otro, sino también contra nosotros mismos. Cuidar de ellos es cuidarnos a nosotros. En tales casos aplicaremos las recomendaciones de los apartados I y II. 

El arrepentimiento es lo que nos permite superar el sentimiento de culpa y seguir viviendo felizmente. Precisamente la diferencia entre Judas y Pedro (al margen del tipo de traición, el uno entrega a Cristo, el otro le niega tres veces) es que al primero le remuerde la conciencia y acaba suicidándose, mientras que el segundo se arrepiente verdaderamente y cambia de vida. Remordimiento y arrepentimiento no son lo mismo.

Virtuosa cosa es perdonar a quien se arrepiente 
(Séneca).