Miedo

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“El miedo es el camino hacia el Lado Oscuro. El miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento. Percibo mucho miedo en ti”, le dice Yoda a Anakin (futuro Darth Vader).

El miedo, como ya vimos anteriormente, es una de las emociones básicas; es una emoción que permite a los animales sobrevivir a los peligros huyendo de ellos; incluso a los humanos, en tanto que animales, nos resulta útil para la supervivencia: el miedo a las alturas, a las serpientes, a individuos amenazantes… Hubo un tiempo que el miedo ante cualquier extraño resultaba útil, pues el extraño solía ser hostil. Sin embargo, en las modernas sociedades civilizadas y sobre todo en las urbes superpobladas vivimos rodeados de extraños a los que no habríamos de tener miedo si no queremos vivir constantemente atemorizados. El miedo como emoción animal tiene la función de hacer huir y/o esconderse al organismo que lo experimenta, pero posteriormente, si ese animal se siente acorralado, su tendencia es a atacar, para lo cual habrá experimentado odio. Por lo que toca a los humanos, la anticipación de una amenaza permite afrontarla a través de la violencia, del odio (hacia otros seres humanos o animales).

Por otro lado, en estas sociedades avanzadas los conocimientos y las técnicas han evolucionado lo bastante como para eliminar el temor ante ciertos acontecimientos que podrían atribuirse a la relación con dioses, demonios u otras fuerzas oscuras: se conocen las causas de enfermedades y accidentes, lo cual tampoco es del todo tranquilizante, pues si bien antes bastaba con mostrarse temeroso de los dioses y cumplir sus preceptos, ahora debemos observar numerosas normas de higiene, profilaxis y seguridad que, llevadas al extremo, puede resultar agotador; es más, ese extremo es ya propio de una personalidad atemorizada en exceso.

Por lo tanto, los resultados del miedo son, por un lado la huida y la inacción, por otro el odio; en cualquier caso ambos conducen al sufrimiento, como dice Yoda, nuestro filósofo de hoy.

Pero tampoco hace falta ponernos en lo peor para experimentar miedo; podemos tener miedo a cualquier cosa o actividad: miedo a hablar en público, miedo a declarar nuestro amor, miedo a perder el trabajo, miedo a perder nuestro estatus… Algunos de estos miedos conducen a la inacción, otros pueden conducir al odio (hacia nuestro jefe, hacia nuestros competidores, compañeros de trabajo, hacia el sexo opuesto, etc.). Sin embargo, probablemente casi todos sean miedos imaginarios, miedos infundados, o fundados en pocas experiencias, insuficientes para extraer leyes generales (todas las mujeres se ríen de mí, todos mis compañeros intentan pasarme por encima, siempre me quedo en blanco cuando hablo en público…)

Para vencer nuestros miedos hemos de seguir un doble camino: la vía del entendimiento y la vía de la voluntad. Por la vía del entendimiento deberemos revisar esas ideas o representaciones que fundamentan nuestros miedos: ¿es verdad que todas las mujeres se ríen de mí? No. Pero aquellas que lo hacen, ¿por qué lo hacen? Porque soy feo. ¿Seguro? ¿En función de qué criterios se establece la belleza o la fealdad? ¿Sigue todo el mundo esos criterios?… Hay que poner en duda todas esas ideas (perniciosas) que poseemos sobre nosotros mismos y sobre el mundo. Aunque no basta con hacerlo una vez, ni dos; hay que repetírselo constantemente.

Por la vía de la voluntad deberemos ir exponiéndonos a esas situaciones que nos atemorizan, pero deberemos hacerlo teniendo presente lo anteriormente expuesto, es decir, la crítica de nuestras ideas. Y también deberíamos ir estableciendo un plan de exposición progresiva: si nos atemoriza hablar en público podríamos ir empezando a hablar en pequeños grupos, con gente conocida, después con desconocidos, luego grupos más grandes, etc.

Existe, sin embargo, un miedo que está bastante justificado en la medida en que, aunque no sepamos cuándo, sabemos que va a ocurrir: el miedo a la muerte. Evidentemente contra este miedo no cabe la vía de la exposición, porque sólo habría una vez y no más, pero sí cabe la vía del entendimiento, comprender lo que es y aceptarlo como tal. Hay cosas que se pueden cambiar y habría que cambiarlas, pero hay cosas que no y hay que aceptarlas. A este respecto podemos evocar la oración de la serenidad: “Señor dame serenidad para aceptar lo que no puedo cambiar, fuerzas para cambiar lo que sí puedo cambiar y lucidez para distinguir unas de otras”.

De modo que, hasta que la ingeniería genética no logre un fármaco contra la vejez (y, a la postre, la muerte, lo cual tampoco nos evitaría la posibilidad de una muerte violenta), debemos asumir que ésta llegará tarde o temprano. Y esta asunción puede realizarse a través de distintas filosofías, por ejemplo el estoicismo de Marco Aurelio:

“¡Qué rápido se desvanece todo! Los cuerpos mismos en el mundo, y su recuerdo en el tiempo. ¡Cómo son todas las cosas sensibles, en especial las que nos seducen y nos asustan, las que se proclaman orgullosamente! ¡Qué vil es todo, qué despreciable, sucio, corruptible… cadáver! Eso es lo que tu inteligencia debe considerar. ¿Quiénes son esos que dan la fama o la quitan con opiniones? ¿Qué es morir? Si miras a la muerte directamente, despojándola de las imágenes que la acompañan, verás que es un hecho natural, y si alguien teme una obra de la naturaleza, es un niño” (Marco Aurelio, Meditaciones, II-12).