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¿Qué porcentaje de nuestros ingresos familiares dedicamos a los gastos, llamémosles de generosidad, en otras palabras, a otra felicidad que no sea la nuestra o la de nuestros íntimos? Que cada uno responda en lo que a él respecta. Creo que ninguno llegamos al 10 por 100 y muchas veces  ni siquiera al 1 por 100… Ya sé que el dinero no lo es todo. ¿Pero por qué milagro íbamos a ser más generosos en los campos no financieros o no cuantificables? ¿Por qué íbamos a tener más abiertos el corazón que el monedero? Lo contrario es mucho más verosímil. ¿Cómo podemos saber si lo poco que damos es realmente generosidad o es el precio que pagamos por nuestro bienestar moral, el poco precio que pagamos por tener la conciencia limpia? En pocas palabras, si la generosidad es una virtud tan grande, tan alabada, es porque es muy endeble dentro de todos nosotros, porque el egoísmo siempre es más fuerte, porque la generosidad brilla por su ausencia la mayoría de las veces… “Porque el corazón del hombre está hueco y lleno de basura”, decía Pascal. Porque sólo está lleno, casi siempre, de sí mismo.

André Comte-Sponville, “La generosidad”, en Pequeño tratado de las grandes virtudes, Ed. Espasa Calpe, 1998, pág. 112.