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“La hierba se inclina ante el viento, mientras el árbol es abatido” (Rabindranath Tagore).

¿Cuánta energía dedicamos a lamentarnos por los cambios sufridos en nuestro entorno o en las condiciones que nos permitían llevar una vida cómoda y sin pensar? ¿Cuánta energía dedicamos a luchar para mantener nuestro “status quo”, es decir, el estado de nuestras cosas? Las personas que se afanan en resistirse a los cambios son como los árboles, que pueden resistir fuertes rachas de viento, pero no un huracán. Las personas que se adaptan a los cambios son como la brizna de hierba que se inclina con la más leve brisa, pero vuelve a erguirse aunque haya soplado un vendaval. La hierba es flexible.

Mucho se ha hablado en los últimos tiempos sobre la flexibilidad, especialmente la flexibilidad laboral (la flexibilidad que se les exige a los trabajadores para adaptarse a cambios de residencia, cambios de horario, cambios en las tecnologías o rebajas de sueldos) y la flexibilidad económica (la que se recomienda a las empresas para adaptarse a los nuevos tiempos, nuevas tecnologías y mercados globalizados). La flexibilidad es la capacidad que tienen ciertos materiales, organismos vivos y entidades sociales para adaptarse a las nuevas circunstancias o necesidades sufriendo, para ello, determinados cambios o variaciones: una empresa deberá modificar su sistema de gestión y publicidad para sobrevivir en el entorno telemático del siglo XXI; ante la crisis actual un trabajador deberá reducir su sueldo si no quiere ser despedido, deberá ir al trabajo en transporte público en vez de utilizar su vehículo privado, pues carecerá de los recursos suficientes para pagar la gasolina; esto hará que invierta más horas de su tiempo en ir y venir del trabajo, horas que no podrá dedicar a su mujer y sus hijos; pero no importa, porque también ellos deberán ser flexibles. Se trata de un uso ideológico del concepto de flexibilidad: la flexibilidad que se exige a las personas para mantener inflexibles ciertas estructuras económicas.

No obstante tampoco hace falta ponernos tan dramáticos mentando a la omnipresente crisis. La revolución tecnológica lleva desde hace tiempo modificando nuestro medio ambiente laboral y sólo aquellas personas con la suficiente flexibilidad para modificar sus hábitos y para aprender cosas nuevas, especialmente las relacionadas con la informática y las telecomunicaciones, serán capaces de sobrevivir de una forma “más digna”. El famoso libro de autoayuda “Quién se ha llevado mi queso” no habla de otra cosa sino de esto.

Pero ni siquiera es necesario entrar en el mundo de las relaciones laborales y mercantiles, económicas, trasunto para muchos de la jungla animal o de la guerra. En nuestras más cercanas e íntimas relaciones, las de familia, los amigos, etc., la flexibilidad también es un valor a tener en cuenta, pues es lo que permite la adaptación de unas personas a otras: transigir con las manías de los demás, atender a sus necesidades, evitar lo que les molesta… Ahora bien, el proceso de cambio constante a que está sometido nuestro mundo no es meramente tecnológico, sino también social. Y este es un aspecto que afecta directamente a las relaciones personales: ¿cómo reaccionaríamos si nuestro hijo un día nos viene diciendo que es homosexual? ¿Y si nuestra hija quiere convertirse al Islam para casarse con su novio magrebí? ¿Seremos lo suficientemente flexibles en estos casos? Flexibles para mantener una relación cordial, no ya para permitir a la otra persona sus comportamientos, porque, queramos o no, ella seguirá su camino; ¿la vamos a acompañar o la vamos a abandonar?

La flexibilidad, antes que una cualidad o una capacidad, es principalmente una actitud y al igual que todas las actitudes que estamos reseñando en estas pinceladas se logra con voluntad y con indulgencia hacia uno mismo. Del mismo modo que la flexibilidad físiológica de los gimnastas se logra gracias al ejercicio constante de la misma, para lo cual hace falta voluntad de entrenar, la flexibilidad moral y mental ha de ejercitarse: es necesaria la voluntad para mostrarnos flexibles cuando notemos que hace falta y todavía no hayamos conseguido serlo de un modo “automático” Por otro lado hemos de ser indulgentes con nosotros mismos y perdonarnos si en algún momento no hemos logrado ser flexibles; claro que, una vez arrepentidos de nuestra inflexibilidad quizá debiéramos también pedir perdón a los otros implicados (si los hubiera).

Decíamos que la flexibilidad es una actitud, aquella que nos permite estar abiertos a los cambios y atentos a lo que ocurre a nuestro alrededor, a lo que necesitan las otras personas; aquella que nos permite renunciar a nuestras más arraigadas costumbres, ideas y prejuicios para aprender. Pero hasta cierto punto estamos forzando un poco el concepto original, pues la flexibilidad física es la “capacidad de algunos materiales para deformarse y retomar su forma original”, es decir, para seguir siendo “ellos mismos”. Y, sí, algunas veces esto será lo que buscaremos, aguantar el vendaval, amortiguar el golpe, para volver a levantarnos, pero las más de las veces buscaremos una adaptación, un cambio permanente. Esto ya no sería tanto flexibilidad cuanto plasticidad:

“No te establezcas en una forma, adáptala y construye la tuya propia, y déjala crecer, sé como el agua. Vacía tu mente, se amorfo, moldeable, como el agua” (Bruce Lee).