El cambio y lo efímero

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“El cambio es la única cosa inmutable” (Arthur Schopenhauer).

¿Cuántas veces nos hemos lamentado por los cambios sufridos (normalmente a peor)? Cambios en nosotros mismos, cambios en los demás… ¿Cuántas veces nos hemos entristecido o enfurecido por la pérdida de alguna cosa o alguna persona? Esos sentimientos de vacío o de rabia, tan profundamente humanos, son perfectamente comprensibles, aunque quizá convendría, en el caso de la rabia, controlar su intensidad para no hacer o decir cosas de las que luego podríamos arrepentirnos y, en el caso de la tristeza, controlar su duración para no caer en lo que podría ser una depresión.

Todas nuestras emociones poseen un aspecto cognitivo que convendría revisar si queremos modificar tal o cual emoción, es decir, tal o cual emoción está determinada en parte por lo que pensamos sobre el objeto de la emoción (cuando hablamos de objeto lo hacemos por contraposición al sujeto que tiene la emoción, pero ese “objeto” suele ser una persona, un animal, no necesariamente una cosa). Una emoción es un sentimiento ligado a un objeto (normalmente externo, pero también pueden estar ligados a ideas, objetos imaginarios, etc) y las ideas que sobre ese objeto tengamos van a influir mucho en el tipo de sentimiento y en su intensidad .

Normalmente, cuando nos sentimos apegados a algo o a alguien deseamos fervientemente su permanencia, su inmutabilidad, aunque si es una persona casi siempre queremos que cambie para mejor (o para lo que nosotros consideramos mejor), pocas veces somos conscientes de que, como decía Heráclito, “todo cambia, nada permanece”: los objetos se deterioran, se rompen, se pierden; las personas enfermamos, envejecemos, morimos; nuestro entorno cambia.y la gente desaparece de nuestro lado por diversos motivos. Si esto es así, ¿por qué aferrarnos a la permanencia? ¿Por qué ese anhelo de eternidad?

En términos estéticos siempre deseamos disfrutar de la visión de las cosas en su plenitud y lozanía: las flores abiertas y coloridas, las personas jóvenes, fuertes y bellas. Y cuando cesa la lozanía solemos reemplazarlas (con las personas es más difícil, pero hay quien lo hace). Sin embargo, a nosotros mismos no nos podemos reemplazar, aunque sí caben retoques: la cirugía estética, por ejemplo. Pocas veces nos paramos a contemplar la belleza de las arrugas en el rostro de un viejo, y si no la belleza, sí al menos el significado, su historia. El envejecimiento de las cosas es más difícil apreciarlo estéticamente porque se da en una escala de tiempo superior a nuestra percepción; nuestros sentidos permiten captar el movimiento, pero el envejecimiento de las cosas y las personas sólo puede captarse a través de la comparación con una imagen de nuestra memoria o una fotografía. Bien es cierto que las técnicas cinematográficas permiten acelerar esos procesos de cambio y mostrarnos, por ejemplo, en pocos minutos el nacimiento de un capullo, su conversión en flor, su decrepitud y su transformación en un fruto, una de las cosas más maravillosas de la naturaleza.

En la naturaleza todo es transformación constante, incluso los relieves se transforman, solo que a una escala inconmensurable para el hombre (Hegel se quejaba de que las montañas eran “masas informes”, no se movían, no tenían su contrario; pero sí lo tienen: el agua, el hielo que las erosionan). El arte siempre se ha ocupado de capturar breves instantes en la naturaleza para inmortalizarlos, y con esa “inmortalización” se pierde el contenido mismo, el instante, pues tenderemos a buscar ese instante idealizado: en la película de los Simpson la familia se va a Alaska atraída por la belleza de una fotografía publicitaria, pero cuando llegan todo son nubes y ventisca.

El instante es efímero, hay que vivirlo y dejarlo pasar; podemos recordarlo, sí, pero sin buscar fervientemente su regreso porque en esa búsqueda perderemos instantes tan buenos o mejores, o simplemente distintos, que el que pervive en nuestra memoria. Esta es la antigua filosofía japonesa del “Wabi Sabi”, la comprensión del mundo en términos de fugacidad, impermanencia e imperfección ilustrada magníficamente en el más famoso haiku del poeta Matsuo Bashō:

El viejo estanque

salta la rana
sonido del agua

…Todo lo contrario a la filosofía grecolatina occidental, la cual, influida sobremanera por la aritmética y la geometría busca en las cosas lo permanente y lo perfecto, lo ideal. Sin embargo, nosotros vivimos en la realidad, y cuando enfrentamos idea con realidad, ¿cuál sale perdiendo?

Ahora bien, decíamos más arriba que lo cognitivo es uno de los aspectos que determinan nuestras emociones, pero no es el más importante. Reconocer una cosa no nos hace cambiar automáticamente de sentimientos, pues lo determinante en las emociones es la costumbre: estamos acostumbrados a la presencia de alguien, al uso de algún objeto, a la práctica de alguna actividad… Y cuando falta la persona, la cosa o no podemos practicar, sobreviene la emoción contraria. Es necesaria una disciplina de reconocimiento constante de la fugacidad y haber pasado por varias pérdidas o cambios para que nuestros sentimientos se modifiquen; y lo harán lentamente. Pero no hay prisa.

Por otro lado la comprensión de lo efímero de las cosas tomada como disciplina nos llevará a conseguir cierto nivel de flexibilidad vital, flexibilidad de la que hablaremos en otra pincelada.