Atención, costumbre y prevención de riesgos

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Vamos caminando por el campo y la mayor parte de las veces no nos paramos a pensar la multitud de pequeñas maravillas que hay a nuestro alrededor. Volvemos del campo en nuestro vehículo y no nos paramos a pensar en los riesgos de la conducción, en la velocidad que llevamos…

Si no somos conscientes de las maravillas de nuestro entorno o del riesgo que conlleva nuestra actividad quizá sea porque no ponemos la suficiente atención en aquello que nos rodea o en aquello que hacemos. Probablemente percibir el riesgo sea algo más complicado porque no siempre está al alcance de la vista (no siempre estamos a más de veinte metros de altura sin barandilla,  viajamos a más de 140 km/h o nos situamos bajo una carga de varios cientos de kilos).

Y esta falta de atención es debida por un lado a la costumbre (lo cotidiano deja de llamarnos la atención) y por otro a que la atención está puesta en otro sitio: si no nos llama la atención el sonido y los reflejos intermitentes de las hojas de los árboles mecidas por el viento es o bien porque vivimos en una zona donde siempre hace viento y ya hemos visto muchas veces moverse las hojas, o bien porque vamos enfrascados en una conversación con otra persona (o con nosotros mismos), o ambas cosas a la vez.

Seguramente ambas cosas a la vez, pues ambos conceptos, atención y costumbre perceptiva, están íntimamente ligados por la relación entre figura y fondo de la psicología de la gestalt: aquello en lo que ponemos la atención es la figura, el resto es el fondo. Estoy escribiendo esto en un ordenador portátil; al lado del ordenador hay dos botellas de agua y un teléfono; por detrás del portátil, la ventana; mi atención está puesta en la pantalla, el resto es un poco borroso. La atención en el ordenador nos hace “despreciar” las imágenes de las botellas, del teléfono o de lo que ocurre en la calle en aras de la finalidad productiva (escribir este artículo). Y, sin embargo, tanto las botellas como el teléfono, y no digamos la calle, están plagados de pequeñas maravillas a las que no concedemos importancia: podría pasarme la mañana observando el cable del teléfono, sus reflejos, la forma que presenta sobre la mesa, las cuatro interrupciones en la continuidad de la espiral y su porqué, las sombras… Pero entonces la figura sería el cable del teléfono y el portátil pasaría a formar parte del fondo, junto con las botellas. Y no escribiría este artículo. Podríamos afianzar cada paso que damos en una arista de nieve, pues el peligro está en cualquier parte, pero entonces no llegaríamos nunca a nuestro destino.

Estamos acostumbrados a fijar la atención en unas cosas y no en otras. Fijamos la atención en aquello que requiere más esfuerzo, hasta que nos acostumbramos. Es una cuestión de economía del cerebro, pues prestar atención gasta energía. ¿Acaso no nos cuesta mucho aprender a conducir? Para aprender a conducir hay que prestar atención a lo que hace cada pie y cada mano, a los coches de delante, de detrás y de al lado. Afortunadamente nos acostumbramos kinestésicamente a manejar el vehículo; desafortunadamente nos acostumbramos perceptivamente a conducir por la calle sin prestar excesiva atención al entorno.

Pero es que el riesgo no se percibe como se percibe una flor o el cable del teléfono. Al niño que sale de entre dos coches aparcados, cuando se le percibe puede ser demasiado tarde; hay que imaginárselo y en virtud de ello reducir la velocidad. Pero, nunca nos ha salido un niño, ¿verdad? Además los niños ya no juegan en la calle. El riesgo hay que imaginarlo.

Ahora bien, cuando conducimos rápido por una calle, ¿lo hacemos porque creemos que ya no juegan niños en la calle? ¿Porque es poco probable que aparezca un niño? ¿Porque creemos que nunca nos va a pasar eso (atropellar a alguien)? ¿O lo hacemos por costumbre, porque siempre conducimos rápido? ¿Qué es lo que contesta la gente en las encuestas cuando se le hace este tipo de preguntas? Probablemente intenten racionalizar sus comportamientos y nunca den la última respuesta.

Tendemos a pensar, probablemente debido a la influencia del racionalismo filosófico, del cognitivismo psicológico y de las encuestas, que todas nuestras acciones están motivadas o sustentadas por ciertas ideas sobre cómo es el mundo, el hombre, nuestros allegados y nosotros mismos. Pero pensando así puede que estemos confundiendo la génesis (de una actitud o de un comportamiento) con la base de la estructura (de tal actitud o comportamiento): las ideas sobre las personas y las cosas están en la génesis de los comportamientos, es decir, en las fases del aprendizaje, pero no necesariamente en su estructura, es decir, en el cómo funciona ese comportamiento. Y funcionan a través de la costumbre, es decir, de circuitos neurológicos configurados a lo largo del tiempo. Por eso nos cuesta tanto modificar nuestras actitudes y costumbres; por eso no basta (lo digo siempre) reconocer la causa de algo para que desaparezca su efecto (como ingenuamente pretendía el psicoanálisis en sus comienzos).

Y ya que estamos con ejemplos de automoción vayamos con otra de coches. Recientemente he visto la película “Crash” (gracias por ponerla, Gema), que no había visto en su momento. “Crash” hace referencia al “choque” de razas en los Estados Unidos, choque racial cuya metáfora es el choque entre vehículos. Sin embargo la metáfora va más allá del racismo trascendiendo (o descendiendo de) la esfera social y situándose en la personal: prácticamente todos los personajes que intervienen en la película sufren un giro en su personalidad, en sus actitudes y comportamientos; y lo hacen a partir de un tipo u otro de choque (automovilístico, accidente casero, agresión violenta, etc). Es el choque violento lo que les saca de sí, de sus costumbres, de sus actitudes hacia los otros.

Es el accidente real (o el “casi”) en carne propia lo que nos hace percibir mejor el riesgo y protegernos contra él. En su defecto está el accidente vicario, pero si basamos las campañas de Prevención de Riesgos en los accidentes habidos se nos acusará de querer asustar al personal. Pues sí, ciertamente, pero es que las imágenes causan una impresión emocional mucho mayor que las meras palabras o dibujos: no es lo mismo decir “ponte el arnés cuando estés en el andamio”, o un dibujo con un Mario Bros cayendo al vacío, que la imagen de un obrero ensartado en la ferralla.

Ahora bien, no creo que una política de prevención de riesgos o accidentes pueda basarse exclusivamente en este tipo de campañas, pues ver continuamente imágenes de accidentes también nos inmuniza, es decir, nos acostumbramos. Y esto lo saben perfectamente los que realizan las campañas contra accidentes de la Dirección General de Tráfico en España: en sus campañas de vacaciones no siempre sacan imágenes sangrientas o de impactos, muchas veces apelan a lo positivo que hay en estar vivo y ver a la familia, los amigos, etc.

Por supuesto estas campañas de concienciación van acompañadas de campañas de vigilancia y sanción, término que si bien es posible llevarlo a cabo en las carreteras, es mucho más difícil llevarlo a cabo en el ámbito laboral (aunque hay sectores como la construcción en los que ya se viene aplicando) y más aún en el laboral de oficinas con cuestiones como la higiene postural.

Creo que toda campaña de prevención de riesgos debe ser continua, permanente, pero cambiante en sus contenidos y formas (para no inmunizarnos contra el mensaje): si colgamos un cartel podemos cambiarlo de sitio cada cierto tiempo o podemos cambiar de cartel. Podemos utilizar el mailing; podemos utilizar sistemas de premios y castigos simbólicos para los que cumplan o no con las recomendaciones; avisos aleatorios en la intranet… Las políticas de prevención deben ser constantes porque lo que necesitamos es convertir en costumbre aquello que no estamos acostumbrados a hacer; y deben ser cambiantes para que al prestar atención sobre ellas nos vayan calando poco a poco y las vayamos poniendo en práctica.

Hay que convertir en costumbre los comportamientos preventivos y hay que evitar que la costumbre nos lleve a un exceso de confianza despreciando los posibles riesgos. Pero, claro, son costumbres distintas.